Uvita, Sierpe y Marino Ballena: el Pacífico Sur que enamora
Si me preguntáis qué parte de Costa Rica me llevaría conmigo, lo tengo bastante claro. No fue Arenal. No fue Río Celeste. Ni siquiera Manuel Antonio, que sí, es bonito, pero también demasiado turístico para lo que me pide el cuerpo cuando viajo. Fue el Pacífico Sur, en la zona de Uvita, Marino Ballena, Playa Hermosa, Ventanas y Sierpe, con ese aire más abierto, más salvaje y bastante menos explotado que otros puntos del país.
COSTA RICA


Costa Rica me ha parecido un destino caro. A ratos, demasiado caro. También muy montado para el turismo extranjero, sobre todo el norteamericano, y con una tendencia bastante evidente a intentar monetizar cualquier cascada, sendero, playa o parque con un mínimo interés natural. Todo eso está ahí, y no tendría ningún sentido negarlo. 👉 De hecho, os dejo aquí una pequeña reflexión personal si os apetece profundizar un poco más en el asunto. Pero también sería injusto negar la otra cara de la moneda: que cuando el país conecta, conecta de verdad. Y a mí donde más me conectó fue aquí. Porque el Pacífico Sur costarricense tiene algo especial. Algo que no encontré con la misma fuerza en el resto del viaje.
Abierta, auténtica y agradecida
Después de pasar por zonas más conocidas y más trilladas, llegar a Uvita fue como abrir la ventana de golpe. De repente todo parecía más grande. Más libre. Más respirable. Las playas eran más largas, más dramáticas, menos encajonadas. Las montañas bajaban cubiertas de nubes casi hasta tocar el mar. Había menos sensación de parque temático natural y más espacio para simplemente estar. Para caminar, bañarte, mirar alrededor y sentir que no todo está pensado para que consumas algo cada veinte minutos.
Y eso, en Costa Rica, se agradece muchísimo. No diría que Uvita sea un pueblo precioso ni que tenga un encanto urbano especial. No va por ahí. Lo bonito aquí es el ambiente general de la zona. Esa mezcla entre naturaleza salvaje, carreteras que atraviesan verde puro, pequeños cafés con vistas, calor pegajoso, algún viajero despistado, expatriados medio instalados, gente local tranquila y una relación con el paisaje mucho más poderosa que en otros lugares del país. Aquí el viaje se vuelve menos de “hacer cosas” y más de vivir el lugar.
Playa Hermosa, Playa Ventanas y sus atardeceres
Si Marino Ballena fue el gran hallazgo, las playas de los alrededores terminaron de confirmar que esta zona tenía algo distinto. Playa Hermosa, por ejemplo, me regaló algunos de los mejores momentos del viaje. No hablo solo de bañarse, que también, sino de esa sensación de estar metido en un paisaje enorme, con el Pacífico abierto delante, los bosques al fondo y un ambiente sereno pero vivo. Un sitio perfecto para dejar pasar la tarde, entrar y salir del agua, quedarte charlando y esperar a que el cielo haga lo suyo.
Porque sí: los atardeceres del Pacífico Sur de Costa Rica son una barbaridad. Lo digo de verdad. Hubo tardes en las que el sol se iba metiendo poco a poco junto a la línea oscura de los bosques, mientras un arcoíris aparecía al otro lado, el agua seguía templada, la corriente te arrastraba suavemente y el cielo se ponía de acuerdo consigo mismo para montar un espectáculo casi ridículo de bonito. De esos momentos en los que das gracias por estar ahí y, sobre todo, por estar ahí con la gente adecuada.
Playa Ventanas también me gustó muchísimo. Tiene algo muy especial esa combinación de playa encajada entre montañas, nubes bajas y esas cavidades por las que el agua entra cuando sube la marea. No es solo una playa bonita: tiene personalidad, algo distinto, una especie de rareza suave que hace que la recuerdes mejor que otras. Y al final eso es lo que me pasó bastante en esta zona: que no se trataba solo de “playas bonitas”, sino de un conjunto de atmósfera, paisaje y sensaciones que funcionaban muy bien juntos.
Marino Ballena: el lugar que superó mis expectativas
Si tengo que elegir un sitio concreto de la zona, seguramente sería el Parque Nacional Marino Ballena. Y eso que iba con expectativas mezcladas. Había leído opiniones muy buenas, pero también otras bastante tibias. Sin embargo, a mí me ganó por completo. Creo que fue el lugar de Costa Rica que más me emocionó de verdad.
Llegamos nada más abrir, con la marea baja bien calculada para poder ver la famosa Cola de Ballena, que se visita en el tramo de 2 horas antes y después de la bajamar, y fuimos los primeros en entrar. Y quizá ahí estuvo parte de la magia: en encontrarlo casi vacío, todavía sin demasiado ruido, sin demasiada gente, con esa sensación de estar accediendo a un paisaje que aún no ha despertado del todo.
Porque lo que ofrece Marino Ballena va bastante más allá de la forma curiosa de su lengua de arena. Lo que de verdad me atrapó fue la inmensidad. La amplitud de la playa. El telón de fondo de las montañas cubiertas de nubes tormentosas. El mar más tranquilo que en otros puntos del Pacífico. Y esa mezcla de libertad, dramatismo y belleza salvaje que me llegó muy adentro. Por fin sentí que estaba ante un lugar que no solo era bonito, sino que me estaba diciendo algo. Y eso no me había pasado tanto en otros grandes nombres del país.
Sierpe y la puerta a otra Costa Rica
Luego está Sierpe, que para mí representa otra cosa. No es el típico lugar que uno pondría en una lista rápida de imprescindibles, no te da el golpe visual inmediato de una gran playa ni tiene la fama de otros parques nacionales. Pero tiene algo importante: es una puerta de entrada. Un umbral hacia una Costa Rica más húmeda, más espesa, más animal y más salvaje. Nosotros terminamos haciendo un recorrido por los manglares con Jayson, porque visitar Corcovado no fue posible como lo habíamos imaginado, y aun así mereció muchísimo la pena. Ir solos en el barquito, entrando por ese entramado de agua, vegetación y silencio, viendo animales y escuchando a alguien que realmente disfruta con lo que hace, fue una experiencia muy auténtica y muy distinta al resto del viaje.
Jayson era un apasionado de los reptiles y se notaba en cada explicación, en cada mirada al agua, en cada detalle que señalaba. Y eso, como tantas veces en los viajes, elevó muchísimo la experiencia. Porque no era solo “hacer una actividad”, sino asomarte a un ecosistema distinto y empezar a intuir que por aquí Costa Rica se vuelve algo más bruta, más compleja y más auténtica.














Corcovado como presencia
No llegamos a visitar el Parque Nacional Corcovado como tal, y nos quedamos con esa espina. Entre el precio de las excursiones, al rededor de los 120-150$ p/p, la logística y el tiempo real del que disponíamos, no lo hicimos. Y Costa Rica, una vez más, volvió a recordarnos que aquí muchas de las experiencias más potentes también pasan por caja con bastante alegría y que hay que reservarlas con muchísima antelación. IMPORTANTE. Pero aun sin haber entrado en el parque, la sombra de Corcovado estaba ahí. La sensación de estar cerca de una de las grandes joyas naturales del país, de una zona donde la selva todavía pesa de verdad, donde el turismo parece un poco menos domesticado y donde la naturaleza sigue imponiendo más condiciones que en otros lugares.
A veces un sitio no hace falta ni visitarlo del todo para que se note su presencia. En la zona de Sierpe, en los manglares, en la propia conversación sobre cómo organizarlo o no hacerlo, en esa idea constante de “más al sur empieza otra cosa”, Corcovado estaba presente como mito y como promesa. Y eso le daba todavía más fuerza a toda esta parte del país.









