Nuestro itinerario de 2 semanas por Costa Rica
Después de casi 2 semanas recorriendo el país centroamericano con 4 de mis mejores amigos, aquí te dejo nuestro itinerario completo, día a día, con impresiones sinceras, recomendaciones y todo lo que yo tendría en cuenta si tuviera que volver a organizar este viaje. Recomendado para quien busque naturaleza, fauna, playas, facilidad para moverse y un viaje cómodo en Latinoamérica.
COSTA RICA
Día 1: llegada a San José desde Managua
Mi entrada a Costa Rica fue bastante curiosa. Llegué desde Managua en un vuelo de SANSA de apenas 11 pasajeros, una de esas experiencias que ya de por sí forman parte del viaje. Mochila de 40 litros a la balanza, charla con los pilotos, sensación de estar volando en un aparato diminuto y Gustavo Cerati sonando en los auriculares. No podía empezar mal.
En San José me reencontré con Asier en el aeropuerto y tomamos un Uber hasta el centro. Ya desde ese primer trayecto empiezas a hacerte una idea del país: conversaciones fáciles, gente cercana, una realidad distinta a la que solemos idealizar desde fuera. Dejamos las cosas, fuimos a comprar un par de SIMs de Claro y salimos a caminar un poco por el centro.
San José no nos pareció una ciudad bonita (todo lo contrario). Tampoco especialmente interesante. Tiene fama de fea e insegura, y aunque algo de eso hay, tampoco me resultó tan terrible como a veces se lee. Simplemente me parece una capital de paso, una ciudad práctica, dura, algo caótica y sin demasiado encanto para el viajero. Aun así, siempre me gusta intentar encontrarle el pulso a estos sitios. Paseamos, nos acercamos al mercado, comimos unos buenos casados en Soda San Martín y terminamos el día por la zona del Parque La Sabana, donde había ambiente, música en directo y un festival bastante animado. Fue un primer día tranquilo, de reencuentro, de aterrizar, de ponernos al día y de empezar a intuir que el viaje podía salir muy bien.
Día 2: San José y llegada del resto del equipo
Amanecimos cansados, pero con ganas de aprovechar el día. Desayunamos, tomamos unos mates y empezamos a planificar la logística de las dos semanas: parques nacionales, reservas, entradas, coche, tiempos, distancias. En Costa Rica conviene mirar estas cosas con algo de antelación porque algunos parques se llenan y otros funcionan con horarios o mareas muy concretas. Podéis encontrar toda la información sobre parques y reservas en la página oficial del SINAC.
Después, aprovechamos para seguir callejeando por San José. Barrio Chino, Otoya, algunos parques, cafés locales y una ciudad que, cuanto más conocía, más me confirmaba que no sería precisamente el plato fuerte del viaje. Comimos muy bien en el Bar Restaurante París, un sitio súper local donde nos metimos una sopa azteca, camarones con chipotle, fajitas mixtas y unas Imperiales bien frías. Luego tocó pasar por Davivienda a sacar efectivo (no aceptan tarjetas) y seguir con las pequeñas gestiones viajeras 😅
Por la tarde llegaron Unai, Ander y Pablo, los refuerzos. Y ahí sí: con el grupo ya completo, arrancaba de verdad el viaje de los 30. Cenamos por La Merced en un sitio que nos salvó la noche cuando casi todo estaba cerrado, y nos fuimos a dormir con esa mezcla de ilusión, cansancio y alegría previa a los grandes viajes. Al día siguiente empezaba la carretera.




Día 4: Parque Nacional Volcán Arenal y llegada a Nuevo Arenal
Esa mañana fuimos pronto al Parque Nacional Volcán Arenal para entrar a primera hora. Ser de los primeros siempre ayuda, y más en países como Costa Rica donde el turismo de naturaleza mueve muchísima gente. El volcán no se dejó ver del todo, pero el parque nos regaló fauna por un tubo: tucanes, coatíes, aves enormes de aspecto casi prehistórico, colibríes… Solo por eso ya mereció mucho la pena.
Recorrimos senderos, miradores y zonas bastante tranquilas, con momentos de lluvia fuerte que bajo el bosque casi ni molestaban.
Más tarde paramos a comer en Soda Sofía y ahí volvió a confirmarse una de mis conclusiones del viaje: en Costa Rica, cuando das con una soda local buena, la experiencia sube varios enteros. Comimos de maravilla y seguimos hacia nuestro alojamiento en Tinajas, en Nuevo Arenal. El Lakefront Lodge nos encantó. Os diría, incluso, que fue una de las cosas más impresionantes del viaje. Os dejo por aquí el enlace directo para que podáis reservar el alojamiento en Booking.
Las vistas al lago, la tranquilidad, el entorno, el atardecer, todo. Bajamos incluso a darnos un baño rápido al lago y terminamos el día con vino, charla y esa sensación maravillosa de estar viviendo uno de esos viajes que cunden muchísimo. No solo porque ves cosas, sino porque te pasan cosas por dentro y las compartes con grandes amigos.




Día 5: Choyín, puentes colgantes y una noche de conversaciones de las buenas
El 31 de marzo amaneció con un diluvio de esos tropicales que no entienden de medias tintas. Aun así, salimos hacia las pozas del Choyín, una opción gratuita —o casi— para bañarnos en aguas termales. Digo casi porque siempre aparece alguien cobrando por aparcar o “cuidarte” el coche. Las pozas están bien, el agua sale muy caliente y el entorno es agradable, pero había bastante gente y el punto improvisado del lugar le resta algo de encanto.
Por la tarde visitamos una zona de puentes colgantes y senderos entre bosque y miradores. Se llama Mistico Park y se encuentra en esta ubicación. Ahí mismo encontraréis el link a su página web. Conviene reservar con unos días de antelación porque el sitio es bastante popular. Lluvia, ranas, iguanas, colibríes y el mítico personaje de “Vanesa”, que nos dio para bromas internas durante el resto del viaje y que no desvelaré en este blog 😜. Volvimos justo a tiempo para otro atardecer precioso sobre el lago y nos montamos una cena memorable en el alojamiento: tortillas de patata con bolsas de patatas fritas, ensalada, cervezas y conversación larga. Sólo faltó algo de sal. Para las tortilla, digo.
Y ahí estuvo una de las claves del viaje. Esa noche, como tantas otras, nos quedamos arreglando el mundo hasta tarde. Hablando de madurar, de dejar ir, de apostar por lo que uno cree, de lo que cambia y de lo que permanece. Esa clase de conversaciones que no necesitan llegar a ninguna conclusión para ser importantes.
Día 6: rumbo a Río Celeste y una de las mejores experiencias del viaje
Nos despedimos del lago Arenal con un amanecer increíble y un arcoíris de regalo. La carretera hacia Río Celeste volvió a estar marcada por la lluvia, la niebla y esos paisajes de bosque húmedo que en Costa Rica son de otro mundo.
Llegamos a nuestra casa de madera en Río Celeste con un calor insoportable y, para darle algo de épica al día, me pegué una hostia importante bajando unas escaleras. Diez días después seguía acordándome. Salimos a explorar la zona y nos topamos con un grupo enorme de monos aulladores muy cerca de la carretera, lo cual ya nos puso de buen humor. Pero lo mejor llegó al atardecer.
Habíamos quedado para hacer un tour de animales al atardecer en TAPIRS Home, en Bijagua, con Alisson y Edgardo. Aquí encontraréis su ubicación exacta, así como toda la información necesaria para poder reservar directamente por Whatsapp. Y fue, sin duda, una de las experiencias más auténticas y especiales del viaje. Vimos aves dormidas, perezosos, uno de ellos bajando al suelo a apenas un metro de nosotros, ranas de mil colores, tarántulas, serpientes, huellas de tapir, colibríes en su nido… Todo en un ambiente íntimo, sin prisas, con gente apasionada por lo que hace y con una cercanía que echamos mucho de menos en otros lugares más explotados turísticamente.
Terminamos cenando en este restaurante típico que ellos mismos nos recomendaron, y para mí quedó clarísimo que aquella tarde-noche había sido de lo mejor de todo Costa Rica.
Día 7: Parque Nacional Volcán Tenorio, Río Celeste y camino al Pacífico
Entramos pronto al parque de Río Celeste con el terreno embarrado y el cielo todavía cerrado. Varios locales nos dijeron que no era normal tanta lluvia a esas alturas del año, y la verdad es que nos acompañó bastante más de la cuenta en toda la parte interior del país.
La catarata y los teñideros del Río Celeste me parecieron bonitos, pero no me emocionaron demasiado. Quizá iba con expectativas muy altas. Quizá el exceso de explotación turística me condicionó. O quizá, simplemente, no me dijo tanto como esperaba. El recorrido es agradable, pero me quedó la sensación de que en Costa Rica cualquier rincón con cierto atractivo natural se convierte rápidamente en un producto, algo que comentamos a menudo en nuestro viaje. Después de eso comenzó una de las partes más esperadas del viaje: bajar hacia la costa del Pacífico.
Tras varias horas de coche y bastante tráfico llegamos primero a Playa Hermosa, cerca de Jacó. Y ahí sí. Primer baño en el Pacífico, agua cálida, olas, playa amplia, salvaje, sensación de libertad absoluta. El cuerpo y la cabeza cambiaron de registro al instante. Nos tomamos unas cervezas en la arena y seguimos hacia Manuel Antonio, donde nos esperaba, sin discusión, el peor alojamiento del viaje: caro, viejo, sucio y con un aire acondicionado que parecía una central nuclear soviética. Aunque, para ser justos, era muy económico y Manuel Antonio es la zona más visitada de todo el país. Menos mal que la jornada terminó bastante mejor, con tormenta tropical, unas cervezas en este sitio bonito sobre el hostal y una cena tica más que decente.




Día 8: ruta de playas cerca de Manuel Antonio
Este fue uno de los mejores días de todo el viaje. Entre Unai y yo diseñamos una ruta a pie bastante potente enlazando varias playas entre Manuel Antonio y Quepos: Playa La Vaca, Tulemar, Pará, Biesanz y finalmente Espadilla. El calor era asfixiante y esta ruta que recorría la costa durante 10 u 11 kilómetros fue, probablemente, de lo más duro de todo el viaje junto con la humedad. Pero el plan mereció completamente la pena. Os dejo aquí el enlace de Wikiloc la ruta exacta por si la quisierais realizar.
Hubo un poco de aventura desde el inicio: intentos de paso por caminos privados, caminos raros, bosques también semi-privados, una pareja alemana confirmándonos que sí se podía pasar, un arroyo con pinta de esconder cocodrilos y nosotros cruzándolo descalzos y ligeritos. Todo muy en nuestra línea.
Tulemar nos pareció una maravilla y aprovechamos para darnos unos buenos baños y disfrutar del entrono con tranquilidad. Biesanz tenía ese ambiente local, vivo, con música, tragos y gente disfrutando del mar. Y llegar a Espadilla después de tantos kilómetros y tanto calor fue casi un milagro. Fue uno de esos días en los que el cansancio físico suma mucho a la experiencia. Sientes que te has ganado cada baño. Por la tarde nos acercamos a Quepos a ver el atardecer, tomar unas cervezas y cenar marisco en La Marisquería Sabromar, un lugar bastante popular. Otro muy buen día en el Pacífico en el que, milagrosamente, conseguimos vencer al intenso calor.




Día 9: catarata Nauyaca, Dominical y el mejor ambiente surfero
Como no habíamos conseguido entradas para Manuel Antonio el día que queríamos, improvisamos y nos fuimos a la catarata Nauyaca. Hay que reconocer que es bonita y muy fotogénica, sí, pero también bastante masificada y de nuevo de pago, como casi todo en Costa Rica. El baño estuvo muy bien, fue refrescante para otro día de intenso calor, el entorno es agradable y la cascada tiene fuerza, pero lo mejor del día vino después.
Nos acercamos a Dominical, uno de los lugares más hippies y alternativos del país, y allí conecté bastante más con una Costa Rica que sí me empezó a interesar de verdad. Más relajada, más surfera, más auténtica, menos vendida al visitante de parque nacional rápido y foto. Comimos de lujo en Fuego Beerhouse, con cervezas artesanas, y luego fuimos a la playa justo cuando se celebraba el último día del Dominical Surf Classic que nos pilló por sorpresa. Eso sí, los precios por las nubes. Bromeábamos con que estaría bien pasar una temporada en esta zona pero que sería necesario pedir un crédito para poder costeárnoslo.
El ambiente en la playa con la competición de surf era tremendo y de lo más variado. Música, porros, margaritas, tablas, olas fuertes, gente disfrutando sin grandes artificios. Ahí sí sentí una energía distinta. Más libre y menos empaquetada. De camino de vuelta aún paramos a tomar algo en el Mercadito, al lado de nuesto hostal, y rematamos la noche con una cena hindú memorable en Namasté, una de las mejores comidas del viaje y de los últimos tiempos sin duda.




Día 3: de San José a La Fortuna y primera gran cascada
Salimos temprano de San José rumbo a La Fortuna. El paisaje fue cambiando poco a poco, y eso siempre me encanta en los viajes por carretera: la transición. Bosques nubosos, curvas, niebla, cambios de temperatura y esa sensación de que te vas metiendo en otra Costa Rica, mucho más verde, más selvática, más intensa.
Llegamos a nuestro alojamiento cerca de la Catarata La Fortuna, compramos algo para comer y nos fuimos directos a verla. La entrada cuesta unos 20 dólares, algo que me pareció excesivo, y además estaba llenísimo de gente. Aun así, la cascada es espectacular. Muy espectacular. Uno de esos lugares que entiendes por qué se han hecho famosos, aunque al mismo tiempo te dejan pensando en los límites del turismo cuando se concentra tanto en un mismo punto. Nos bañamos allí y la experiencia mereció la pena, aunque también me reforzó una idea que me acompañó durante todo el viaje: cada vez disfruto más de lugares menos conocidos, menos icónicos quizá, pero donde pueda sentir algo más de paz y más conexión con lo que me rodea.
Terminamos el día con unos bocadillos improvisados, unas cervezas y esa primera sensación de grupo bien cohesionado. El viaje solo acababa de empezar y ya se notaba que iba a funcionar de 10.








Día 10: Parque Nacional Manuel Antonio y traslado a Uvita
El Parque Nacional Manuel Antonio es probablemente el parque más famoso del país, y se nota desde antes de entrar. Aparcamientos privados, gente gritándote, supuestos guías presionando, malas formas y esa sensación tan fea de ser tratado como un billete andante. Fue, sin duda, uno de los peores momentos del viaje a nivel ambiente.
Dentro, eso sí, el parque es bonito. Muy bonito. Vimos monos, serpientes, varias playas preciosas, senderos costeros, miradores y bastante fauna. Pero también mucha gente, mucho calor y una sensación de saturación que me impidió disfrutarlo del todo, aunque reconozco que se trata de una visita obligada en el país. Entiendo perfectamente que sea uno de los lugares estrella de Costa Rica, pero también creo que es el mejor ejemplo de lo que menos me gusta cuando un sitio se vuelve demasiado popular.
Comimos unos ricos y auténticos casados por el camino en El Pargo Rojas, con una atención de 10, y continuamos hacia Uvita, donde nos esperaba el Ecolodge Cascada Verde. El cambio fue inmediato: tranquilidad, vegetación, buen ambiente y descanso. Llegar allí fue un alivio. Podéis reservarlo directamente en este enlace.
Día 11: Parque Nacional Marino Ballena, uno de los grandes momentazos del viaje
Fuimos a Marino Ballena a primera hora y además cuadrando bien la marea baja, algo fundamental para disfrutar del parque como es debido. En el propio hostal te indican las horas exactas de la bajamar y pleamar, por lo que desde 2 horas antes hasta 2 horas después de la bajamar es cuando se recomienda visitar la Cola de Ballena. Y aquí sí que sí, Costa Rica me ganó por completo. Marino Ballena fue, para mí, el lugar más especial del país.
La inmensidad de la playa, el perfil de la famosa Cola de Ballena, las montañas cubiertas de nubes al fondo, el mar más calmado, el espacio, la sensación de libertad… Todo me encajó. A veces un lugar simplemente te llega más que otro, y aquí me pasó eso. No sabría explicarlo mejor.
Nos bañamos varias veces, caminamos muchísimo y luego comimos increíble en un mexicano llamado La Choza de Alejo. Más tarde tomamos café en Panoramika, charlamos tranquilamente, descansamos y hasta unos estadounidenses nos robaron en el hostal el vino que tanto me costó elegir. Menos mal que lo compensaron con otro (que, por cierto, era bastante peor). Costa Rica también tiene estas pequeñas escenas absurdas que acaban siendo parte del recuerdo.
























Día 12: cascada de Uvita, circo yanqui y atardecer inolvidable en Playa Hermosa
Ese día queríamos hacer Corcovado, pero entre logística y precios lo descartamos. Solo las excursiones ya se iban a más de 150 dólares y no nos cuadraba en absoluto. Así que optamos por tomarnos el día con más calma y acercarnos andando a la cascada de Uvita.
Allí vivimos uno de los espectáculos más grotescos del viaje: grupos organizados de estadounidenses lanzándose por el tobogán natural, gritando sin parar y convirtiendo el lugar en una especie de parque temático del mal gusto. Ya durante todo el viaje habíamos notado muchísimo la presencia del turismo norteamericano, pero en Costa Rica llega a extremos bastante duros de ver en ciertos lugares. Mucho ruido, poca sensibilidad y muy poco respeto por el entorno y por los demás.
Después de ese circo nos fuimos a Playa Hermosa, y por suerte el día se recompuso de la mejor manera posible.
El atardecer que vimos allí fue brutal. De esos que te paran por dentro. Baño largo, luz suave, el sol escondiéndose junto al bosque del Pacífico, fotos increíbles y ese sentimiento tan simple y tan potente de estar exactamente donde quieres estar. Esa noche cenamos en Seba’s, una de las pizzerías más reconocidas de la región. Carísima, sí, pero espectacular.




Día 13: manglares de Sierpe, Playa Ventanas y otro final perfecto
Nos levantamos a las 5:30 para intentar llegar a Sierpe con opciones de hacer algo relacionado con Corcovado. No fue posible entrar al parque como tal porque no había espacio hasta el día siguiente, pero sí acabamos haciendo un recorrido en barca por los manglares, y resultó ser otro acierto. Os recomiendo que paséis por el Restaurante Donde Jorge; allí encontraréis La Perla del Sur, la mayor empresa que ofrece tours por las inmediaciones de Sierpe.
Íbamos solos con Jayson, el guía, un auténtico apasionado de los reptiles. Vimos fauna, charlamos muchísimo y disfrutamos de una experiencia mucho más personal que muchas de las grandes atracciones del país. A veces Costa Rica funciona mejor así: cuando te alejas un poco del circuito más explotado.
De vuelta paramos en Playa Ventanas, una de las playas más especiales del viaje. El entorno montañoso, el calor, las cuevas o “ventanas” por las que entra el agua cuando sube la marea… Tiene algo muy especial. Después comimos muy bien por la zona y volvimos a Panoramika Café antes de bajar otra vez a Playa Hermosa para cerrar el día.
Y vaya cierre.
Nos metimos al agua al atardecer sin móviles, sin fotos, sin ninguna necesidad de registrar nada. Solo estar allí. Sol rojizo a un lado, arcoíris al otro, mar caliente y silencio del bueno. Probablemente uno de esos momentos que dentro de años seguirán apareciendo de golpe en la memoria.
Día 14: Los Quetzales y regreso a San José
El último día completo en Costa Rica tocaba volver a San José, pero antes quisimos probar suerte en el Parque Nacional Los Quetzales. Nos recibió con lluvia intensa, niebla cerrada y visibilidad mínima. No vimos quetzales, aunque fuimos despacio y atentos. Son cosas que pasan. En Costa Rica, con la fauna, a veces toca asumir que el simple hecho de intentarlo ya forma parte de la experiencia.
Al regresar a San José tuvimos una última reconciliación inesperada con la ciudad. Paseamos, tomamos café y acabamos en el Bar Restaurante París, esta vez los 5 juntos, donde hicimos amistad con dos ticos enamorados de Euskadi. Terminamos hablando de política, identidad, independencia, escuchando Sarri Sarri y Duncan Dhu y bebiendo cerveza invitados por ellos. Surrealista, divertidísimo y, de alguna manera, un final muy apropiado para el viaje.
Porque, como verás, Costa Rica me deja sentimientos encontrados.
Por un lado, me parece un país sobrevalorado si lo comparas con otros destinos de Latinoamérica mucho más impresionantes, más ricos culturalmente y, en muchos casos, bastante más baratos. Me ha parecido un país profundamente centrado en monetizar su naturaleza, con una desigualdad visible, infraestructuras limitadas para el turismo que recibe y una dependencia demasiado fuerte del visitante norteamericano. En algunos lugares tuve la sensación de estar en un decorado pensado para consumir naturaleza rápido y caro.
Pero, por otro lado, también me llevo playas increíbles, fauna espectacular, paisajes muy potentes y varios momentos de absoluta felicidad. Y me llevo, sobre todo, haber compartido todo esto con cuatro amigos a los que quiero muchísimo. Eso es lo que de verdad hizo grande este viaje.









