Ruta por Nicaragua en 9 días: Granada, Ometepe y San Juan del Sur

Nicaragua ha sido una de esas sorpresas que no se explican del todo con fotos. Sí, Granada es preciosa. Sí, Ometepe tiene algo muy especial. Y sí, el Pacífico siempre suma. Pero si algo me llevo de este viaje no son solo sus lugares, sino la facilidad con la que aquí todo se convierte en conversación. Nicaragua no es solo un país que se recorre: es un país que se escucha.

NICARAGUA

Eneko Ramos

En mi caso, hice una ruta bastante sencilla y muy agradecida para una primera toma de contacto con el país: Granada, Ometepe y San Juan del Sur. Fueron algo más de una semana de ciudad colonial, ferris imposibles, volcanes, playas, selva, Toñas frías y unas cuantas charlas de esas que le dan sentido a todo. Si buscáis un itinerario equilibrado, bonito y fácil de organizar, esta ruta me parece una opción muy buena para empezar a descubrir Nicaragua.

Días 1 y 2: Granada, la gran puerta de entrada

Granada fue mi primera parada en Nicaragua y me pareció una ciudad realmente bonita. Colorida, colonial, agradable de recorrer, muy viva y con ese punto caótico que a mí, bien llevado, me gusta bastante. Podría recordar por momentos a una mezcla entre Cartagena de Indias y Antigua Guatemala, pero con un ritmo más pausado y una personalidad muy propia.

Pasear por sus calles, sentarse en una terraza, ver caer la tarde o simplemente observar lo que pasa en sus plazas ya merece mucho la pena. El mercado del centro es un auténtico quilombo y algunas zonas pueden sentirse algo más ásperas o inseguras, pero forma parte de la experiencia de una ciudad que no está plastificada ni montada solo para el turista. Además, Granada fue también el lugar donde empecé a notar algo que se repetiría durante todo el viaje: la facilidad para conectar con la gente.

De camino hacia el puerto de San Jorge, por ejemplo, compartí trayecto con Mario, un conductor nicaragüense con el que terminé hablando largo y tendido sobre la vida, el trabajo, el dinero, el riesgo y la necesidad de no vivir únicamente para producir. Me contó cómo había dejado atrás una rutina de jornadas interminables por un sueldo miserable para empezar a aceptar trabajos por su cuenta y recuperar, sobre todo, algo mucho más importante que el dinero: el tiempo. Tiempo para él, para su mujer, para pasear al atardecer y para disfrutar un poco más del día a día. Esa conversación, ya de entrada, me dijo bastante del país.

Granada me pareció una base ideal para arrancar la ruta: bonita, cómoda, con ambiente y con la medida justa de caos centroamericano para que el viaje empiece de verdad.

Uno de ellos fue la subida al volcán Maderas, una caminata muy exigente, con barro, calor, humedad y esfuerzo constante. De esas que van desgastando poco a poco y en las que hay varios momentos en los que te preguntas por qué te metes en estas historias. Pero también de las que te dejan algo al final. No sabría decir exactamente qué, pero sí esa sensación de haber atravesado una experiencia de verdad, de las que te sacan de sitio y te recolocan un poco por dentro. Subí con Enrique, un guía local que me pareció un fenómeno, además de con unos hermanos canadienses. Enrique se dedica a subir ambos volcanes varias veces por semana y transmite una mezcla de tranquilidad, oficio y amor por lo que hace que se agradece muchísimo.

Las conversaciones de Ometepe

Más allá de paisajes y caminatas, Ometepe fue también el lugar donde el viaje se volvió más humano. En Altagracia terminé hablando con una señora en un kiosco sobre pérdidas, inseguridad, historia de Nicaragua y, cómo no, sobre por qué a mi edad todavía no tenía hijos. En otro momento coincidí con Facu, un argentino de Mendoza, y acabamos compartiendo una Coca-Cola y una conversación improvisada que casi me cuesta perder el bus por hablar de más. En La Bambouseraie, además, hubo muy buena química y risas con Elia, entre conversaciones y alguna cerveza nueva que me animó a probar.

Y luego estuvo Punta Jesús María, uno de los lugares que más me gustaron de toda la isla. El atardecer allí fue de esos que te dejan en silencio un buen rato. Pero, una vez más, incluso en medio de ese paisaje lo mejor volvió a ser una conversación. Allí hablé con Roberto, que servía Toñas frías mientras reflexionaba sobre la imagen que se tiene de Nicaragua desde fuera, la falta de turistas latinoamericanos, la política, el sandinismo, la emigración y la importancia de disfrutar las pequeñas cosas de la vida. Otra charla de esas que te explican más de un país que muchas visitas oficiales. Si me preguntáis cuál fue el lugar que más me marcó del viaje, seguramente diría Ometepe.

Días 7 a 9: San Juan del Sur, pausa final junto al Pacífico

La última parada de la ruta fue San Juan del Sur, en la costa del Pacífico. Y me pareció un cierre muy lógico y muy disfrutable para el viaje. Después de la intensidad más contemplativa de Ometepe, San Juan del Sur me sirvió para bajar el ritmo, ordenar ideas, escribir bastante y dejar que todo lo vivido durante los días anteriores se fuera asentando. No me pareció el lugar más profundo ni el más especial del país, pero sí una base muy agradable para terminar la ruta con mar, atardeceres y algo más de ambiente.

También aquí siguieron apareciendo historias que reforzaban una idea que me acompañó todo el viaje: la de la gente que se arriesga, cambia de vida y busca una forma más libre de estar en el mundo. En San Juan del Sur, por ejemplo, conocí a unos dueños quebequenses que lo habían dejado todo para comprar un hotel en ruinas en Nicaragua y levantarlo poco a poco, con esfuerzo, paciencia y una sonrisa permanente. Otra versión más de esa misma filosofía que me fui encontrando durante el viaje. Os lo recomiendo mucho, por cierto. Os dejo por aquí la referencia de este Buena Onda Hostel.

La noche antes de salir del país, además, tuve otra gran conversación en Managua con Héctor, un venezolano que trabajaba en esta pizzería que te recomiendo muchísimo. Con él terminé hablando de emprendimiento, muerte, dinero, bancarrota, enfermedad, proyectos sociales, cocina y segundas oportunidades. De esas charlas largas que uno no espera y que, sin embargo, terminan cerrando perfectamente un viaje.

Mi recomendación para una primera ruta por Nicaragua

Si visitáis por primera vez Nicaragua y no tenéis demasiados días, esta combinación me parece ideal:

  • 2 días en Granada

  • 4 días en Ometepe

  • 2-3 días en San Juan del Sur

Es una ruta equilibrada, fácil de montar y muy agradecida. Si tenéis más tiempo, añadiría León casi seguro. Y si queréis ampliar todavía más el viaje, entonces ya puede tener sentido explorar con más calma la zona volcánica, el norte o incluso el Caribe.

Pero para una primera toma de contacto, esta ruta funciona realmente bien. Eso sí: en Nicaragua yo intentaría dejar algo de margen para que el viaje ocurra también fuera del itinerario. Para sentaros en una plaza, hablar con quien se cruce, tomaros una Toña sin prisa y aceptar que, aquí, muchas veces lo mejor no está en el mapa ni en la lista de imprescindibles. Porque Nicaragua, al menos para mí, fue exactamente eso: un país que se recorre con los pies, pero también con tiempo, con oído y con ganas de dejarse sorprender.

Días 3 a 6: Ometepe, el corazón del viaje

Después de Granada tocaba poner rumbo a Ometepe, y ya llegar a la isla fue una pequeña aventura en sí misma. En el puerto de San Jorge nos avisaron de que el ferry previsto estaba averiado y que nos meterían en una lancha de madera bastante dudosa para hacer la travesía hasta Moyogalpa. Éramos unas 80 personas, el lago estaba bravísimo, entraba agua, la tripulación no dejaba de achicar y el ambiente era una mezcla curiosa entre risas nerviosas, llantos, resignación y ese pensamiento silencioso de “a ver si llegamos”. Fue uno de esos trayectos que, una vez terminan, ya forman parte del viaje.

En Ometepe me alojé en Balgüe, concretamente en La Bambouseraie, y fue una elección buenísima. La zona me encantó. Rodeada de selva, con vistas al volcán Concepción y con ese ritmo lento que te obliga a bajar pulsaciones y aceptar que aquí todo va a otra velocidad. Fueron varios días de caminar sin prisa, moverme por playas como Santa Cruz, San Fernando o Santo Domingo, recorrer pueblos como Altagracia o Moyogalpa y dejar que el propio entorno marcase el tono del viaje. Ometepe no me pareció un lugar para hacer mil cosas, sino para estar. Para moverse despacio, observar, conversar y entender que a veces no hace falta mucho más. Y, aun así, también hubo momentos potentes.