6 días en Rapa Nui: el itinerario que volvería a repetir una y otra vez
Seis días bastaron para descubrir que Rapa Nui es mucho más que la isla de los moáis. Un viaje entre volcanes, playas, paisajes inolvidables y una cultura que sigue latiendo en uno de los rincones más remotos del planeta.
RAPA NUI
Hay lugares que llevan años ocupando un rincón especial de nuestra lista de viajes soñados y Rapa Nui era uno de ellos. Durante mucho tiempo imaginé esta pequeña isla perdida en mitad del océano Pacífico como un lugar lleno de moáis, misterio y poco más. Sin embargo, después de pasar seis días recorriéndola, me di cuenta de que las famosas estatuas son solo la puerta de entrada a un destino muchísimo más completo.
Volcanes, playas espectaculares, senderos junto al mar, una cultura fascinante y personas que consiguen hacerte sentir como en casa desde el primer momento. En este artículo comparto el itinerario que seguí durante mi viaje, una ruta que volvería a repetir exactamente igual y que creo que es la mejor forma de descubrir la esencia de Rapa Nui.
Día 1: un collar de flores y el primer atardecer en Tahai
El viaje comienza incluso antes de aterrizar. Después de más de cinco horas sobre el Pacífico, mirar por la ventanilla y descubrir una pequeña isla volcánica perdida en mitad del océano es una sensación difícil de explicar. Cuesta creer que exista un lugar tan aislado en el mundo.
Nada más bajar del avión en el diminuto aeropuerto de Mataveri me espera Cecilia, la dueña del Hostal Mihira'a. Mi alojamiento inicial había sufrido una avería de última hora y terminé cambiando de planes casi por obligación y, viéndolo ahora, fue una de las mejores casualidades del viaje.
Me recibe con un collar de flores polinesias y una sonrisa enorme. Parece un gesto sencillo, pero después de más de veinte horas de viaje hace que uno se sienta bienvenido desde el primer minuto. Mientras fuera cae un auténtico diluvio, nos sentamos a charlar tranquilamente. Me cuenta cómo ha cambiado la isla durante los últimos años, las restricciones que existen hoy para proteger Rapa Nui y algunas curiosidades que desconocía por completo, como la obligación de llegar con una reserva de alojamiento registrada y el vuelo de salida ya comprado (desde el Coronavirus) o la prohibición de introducir miel en la isla.
Estoy completamente agotado, pero no puedo quedarme encerrado, así que salgo a caminar hasta Ahu Tahai, uno de los pocos conjuntos arqueológicos de acceso gratuito y, para muchos, el mejor lugar para despedir el día en Rapa Nui. El cielo continúa muy cubierto, aunque justo antes de anochecer consigue abrirse un pequeño claro que tiñe el horizonte de tonos rojizos durante unos minutos.
No será el atardecer más espectacular del viaje pero sí el primero. Y todavía no lo sé, pero Tahai terminará convirtiéndose en mi pequeño ritual diario durante toda la estancia en la isla. Esa noche duermo casi doce horas seguidas.
Día 2: Rano Kau y uno de los paisajes más impresionantes de la isla
Los desayunos de Cecilia son tan abundantes que casi obligan a salir a caminar. Pan recién horneado, fruta, embutidos, café, zumo, algo dulce... La mejor manera de empezar el día. Aprovechando una tregua de la lluvia, recorro la costa de Hanga Roa con la intención de subir caminando hasta Rano Kau, uno de los tres grandes volcanes de la isla. Antes paso por la pequeña caleta, donde un solitario moái custodia el puerto desde Ahu Riata, y me acerco a una pequeña cueva junto al mar antes de comenzar la subida.
Elijo hacerlo por carretera, una ruta algo más larga pero con una pendiente mucho más cómoda. A mitad de camino encuentro un mirador fantástico sobre Hanga Roa desde el que tengo la suerte de ver aterrizar el avión procedente de Santiago. Pensar que ese vuelo es la única conexión diaria entre la isla y el resto del mundo hace que uno sea todavía más consciente de dónde está. Os dejo por aquí la ruta completa de Wikiloc por si os interesa realizarla.




Día 3: en bicicleta hasta Anakena, la playa más bonita de Rapa Nui
La lluvia vuelve a hacer acto de presencia desde primera hora de la mañana. Durante un rato pienso que tendré que cancelar el plan del día, pero en Rapa Nui el tiempo cambia con una rapidez sorprendente. En cuestión de minutos las nubes empiezan a abrirse y decido aprovechar la oportunidad.
Me acerco hasta Make Make, una de las tiendas de alquiler de bicicletas de Hanga Roa, y salgo con una Trek Marlin 5 prácticamente nueva. O eso pensaba. Apenas llevo unos kilómetros cuando descubro que los cambios no funcionan demasiado bien y tendré que hacer buena parte de la ruta peleándome con ellos. Nada grave, porque todo forma parte del viaje, aunque sí lo suficiente para acordarme de la bicicleta en cada subida.
El objetivo del día es Anakena, la playa más famosa de Rapa Nui y uno de esos lugares que aparecen en todas las fotografías de la isla. Son unos veinte kilómetros desde Hanga Roa, una distancia que sobre el papel no parece excesiva, pero que termina haciéndose bastante más exigente entre el viento, los constantes desniveles y los chaparrones que aparecen sin previo aviso.
Aun así, el recorrido merece muchísimo la pena. La carretera atraviesa paisajes completamente abiertos, con praderas verdes salpicadas de caballos y vacas pastando en libertad, conos volcánicos en el horizonte y el océano apareciendo de vez en cuando a un lado del camino. Durante largos tramos apenas me cruzo con algún coche, así que tengo la sensación de estar recorriendo la isla prácticamente en solitario.




Y entonces aparece Anakena. Es imposible no detenerse unos segundos antes de bajar hasta la arena. Después de varios días recorriendo una isla dominada por los acantilados y la roca volcánica, encontrar una playa de arena blanca, palmeras y aguas turquesas resulta casi inesperado. Presidiendo el paisaje se encuentra Ahu Nau Nau, uno de los conjuntos de moáis mejor conservados de toda Rapa Nui, que convierte la playa en un lugar todavía más especial. Aunque el mar está algo revuelto por el viento, no puedo resistirme a darme un baño. El agua está mucho más templada de lo que esperaba para ser pleno invierno austral y salir de allí cuesta bastante más de lo previsto. Paso un buen rato caminando por la playa, disfrutando del ambiente tranquilo y contemplando los moáis desde distintos ángulos antes de volver a subirme a la bicicleta.
Mi siguiente intención era acercarme hasta Ovahe, una pequeña playa de arena rosada situada a poca distancia de Anakena. Sin embargo, los recientes desprendimientos mantienen cerrado el acceso y no queda más remedio que dejar la visita para una futura ocasión. El camino de regreso me permite detenerme junto a los antiguos galpones de la Compañía Explotadora de Isla de Pascua, una empresa británica que durante décadas convirtió prácticamente toda la isla en una enorme explotación ganadera. Resulta difícil imaginar que los rapanui llegaron a tener prohibido salir de Hanga Roa y que buena parte de su propio territorio quedó reservado para la cría de ovejas.
Todavía con algo de energía, intento aprovechar la tarde para visitar Ahu Akivi, uno de los pocos conjuntos de moáis orientados hacia el océano. Sin embargo, descubro que el acceso está restringido y solo puede realizarse acompañado por un guía acreditado, así que decido dejarlo para el tour que haré unos días después.
Después de unos 40 kilómetros sobre la bicicleta, regreso a Hanga Roa con las piernas completamente destrozadas, pero con esa agradable sensación de haber aprovechado el día al máximo. Como ya empieza a ser tradición, termino la jornada frente al mar. Una Mahina Lager bien fría y un buen ceviche saben todavía mejor después de una de las rutas más bonitas de todo el viaje. De nuevo, vuelvo a dejar mi ruta en Wikiloc para poder aprovecharla si os animás a agarrar la bicicleta en Rapa Nui.
Día 4: un día tranquilo para descubrir Hanga Roa
Después de la ruta en bicicleta hasta Anakena, decido tomarme el día con mucha más calma. Rapa Nui también invita a eso. No todo consiste en recorrer yacimientos arqueológicos o tachar lugares de una lista; parte de la esencia de la isla está en disfrutar de Hanga Roa sin demasiadas prisas. Paso buena parte de la mañana escribiendo mientras espero a que deje de llover. Cuando por fin escampa, salgo a recorrer el pueblo caminando. Me acerco hasta las piscinas naturales de la costa, donde en verano es habitual ver tortugas marinas, aunque esta vez no tengo esa suerte. Aun así, aprovecho para darme otro baño en el Pacífico antes de seguir paseando.
El resto de la tarde transcurre prácticamente sin mirar el reloj. Vuelvo a Tahai, me siento frente a los moáis durante un buen rato y disfruto simplemente viendo pasar la vida. Familias, viajeros, gente haciendo deporte... Poco a poco entiendo por qué este rincón se ha convertido en mi lugar favorito de la isla.
A la hora de comer sigo una de las recomendaciones de Cecilia y entro en Iti Lafken, donde pruebo un espectacular sándwich de lomo a lo pobre acompañado de camote frito y una cerveza Mahina Lager. Después continúo paseando por Hanga Roa, entro en varias tiendas de artesanía y termino acercándome al estadio municipal para ver un partido de la liga local. Puede parecer un plan sencillo, pero son precisamente estos momentos los que también ayudan a conocer un destino. Para terminar el día ceno en Le Frits, un popular y animado restaurante muy recomendable donde pruebo su famosa empanada de ceviche. Qué delicia. Otra de esas recomendaciones que acaban convirtiéndose en un acierto.
Día 6: cuevas, volcanes y una despedida con ganas de volver
Mi último día completo en Rapa Nui vuelve a empezar junto a Rodrigo, esta vez acompañado por su hermano Mauricio. La primera parada es Ana Te Pahu, una enorme cueva formada por antiguos tubos de lava que recorremos durante más de dos horas. La visita resulta muy diferente a todo lo visto hasta ahora y las conversaciones durante el recorrido hacen que la experiencia sea todavía más especial.
Después ponemos rumbo a Ahu Akivi, el único conjunto de moáis orientados hacia el océano, y continuamos hasta Puna Pau, la cantera donde se extraía la piedra roja utilizada para esculpir los pukao, los característicos tocados-sombreros que coronan algunos moáis. Que sepáis que se trataba del pelo de los moáis, pese a que mucha gente siga pensando que son sombreros.
La última gran parada del viaje es Orongo, el antiguo poblado ceremonial situado junto al impresionante cráter de Rano Kau. La lluvia aparece de nuevo, pero lejos de estropear la visita, consigue darle un ambiente todavía más misterioso. Rodrigo nos explica la historia de la ceremonia del Hombre Pájaro mientras recorremos uno de los lugares más fascinantes de toda la isla.
De regreso a Hanga Roa nos despedimos prometiendo volver a encontrarnos algún día. Ojalá sea así. Antes de marcharme todavía tengo tiempo para dar un último paseo por la caleta, observar a varios niños aprendiendo a surfear y despedirme una vez más de Tahai.
Mientras camino de vuelta al hostal pienso en todo lo vivido durante estos seis días. Llegué hasta Rapa Nui convencido de que venía a conocer la isla de los moáis y me marcho con la sensación de haber descubierto un lugar mucho más profundo. Una isla donde la naturaleza, la cultura y, sobre todo, las personas consiguen que uno termine sintiéndose como en casa.










La llegada a Rano Kau me deja completamente sin palabras. El enorme cráter cubierto de vegetación, el viento soplando con fuerza y el océano perdiéndose en el horizonte forman uno de los paisajes más impresionantes que recuerdo. Espero pacientemente a que los pequeños grupos organizados abandonen el mirador y termino disfrutando del lugar completamente solo durante más de media hora. Porque hay sitios que impresionan, y luego están los que consiguen dejarte en silencio. En paz con el universo.
Desciendo por el sendero que atraviesa el bosque y regreso a Hanga Roa justo a tiempo para volver a despedir el día en Tahai. El cielo vuelve a estar completamente cubierto, pero ya he entendido que aquí el espectáculo no depende únicamente del atardecer.














Día 5: la cantera de los moáis y el mejor guía que pude encontrar
Llega uno de los días más esperados del viaje. A primera hora de la mañana paso a buscarme Rodrigo, el guía con el que recorreré algunos de los lugares más importantes de Rapa Nui. Desde los primeros minutos queda claro que no será una visita cualquiera. Más que un guía, parece alguien dispuesto a compartir la historia de su casa. Y yo que me alegro.
Nuestra primera parada es la recreación de un antiguo poblado rapanui, una buena introducción antes de visitar los grandes yacimientos arqueológicos de la isla (Hanga Te'e Vai Hu). Poco después llegamos a Rano Raraku, la cantera donde se esculpieron la mayoría de los moáis. Caminar entre decenas de estatuas todavía semienterradas en la ladera del volcán impresiona muchísimo más de lo que imaginaba y las explicaciones de Rodrigo consiguen que el lugar cobre todavía más sentido. La siguiente parada es Ahu Tongariki, probablemente la imagen más icónica de Rapa Nui. Ver los quince moáis perfectamente alineados frente al océano es uno de esos momentos que justifican por sí solos el viaje hasta la isla.
Después continuamos hasta Anakena, donde Rodrigo nos explica la importancia histórica de esta playa, considerada el lugar donde desembarcó Hotu Matu'a, el primer rey rapanui según la tradición oral. Haber estado allí unos días antes en bicicleta hace que ahora la contemple desde una perspectiva completamente distinta. Durante toda la jornada no dejamos de hablar sobre la isla, su cultura y la vida actual en Rapa Nui. Termino el día con la sensación de haber entendido mucho mejor todo lo que había visto hasta entonces y, siguiendo otro de los consejos de Cecilia, ceno en Makona, previa cerveza y charla distendida con mi nuevo amigo Rodrigo, donde pruebo uno de los mejores ceviches con leche de tigre que recuerdo. No hay nada como aceptar recomendaciones de locales para sumergirte lo máximo posible en lo auténtico y lo que funciona.








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